Sobre mi.
Mira. Te voy a ser sincero.
Este apartado es el que menos me gusta de toda la web, y es el que todo el mundo mira. Supongo que queremos saber si el que enseña sabe de lo que habla. Es normal. Así que te lo cuento. Pero a mi manera.
A los dieciocho, en mi primer bolo, que era un fin de año, nada más empezar desafiné una segunda voz que me sabía al dedillo. Me quedé tan en jaque que no sabía si estaba por encima o por debajo. Mi compañera, que era veterana, se me acercó y me dijo al oído «Javi, tío, céntrate, que estás desafinado», y pasando de mi cara se fue bailando y sonriendo al público. Y aún quedaba el bolo entero por cantar así. Aquel fue, con creces, el peor de mi vida.
Años después comprendí que había sido un ataque de pánico escénico. El cuerpo haciendo su trabajo, no un cantante flojo. Pero mientras tanto, los siguientes trece años tuve miedo de que me volviera a pasar. Revivía aquella noche cada vez que sonaba la sintonía antes de subir las escaleras del escenario.
Fui cantante de orquesta trece años. Ópera, sardanas y boleros para los que escuchan, y baile de salón para los que bailan. Llegué a hacer cerca de 250 bolos en un año. Volvía a casa con rampas en la lengua y me la pellizcaba para que se soltara. Entonces me parecía normal. Cantar era eso, apretar y aguantar. Hasta que me lesioné.
Entonces dejé de fiarme de nadie. Nunca me había sido fácil, no era de los que se plantan y cantan, y todo lo que me habían dado, profes, ejercicios, la técnica, me había costado años y me había llevado a lesionarme. Así que me puse a buscar por mi cuenta, y llegué hasta un máster de rehabilitación de la voz en un hospital.
Cada viernes me metía una cámara por la nariz para investigar y me pasaba la semana sangrando. Ahí dentro vi moverse cosas que ningún profesor me había dicho que se movían.
Asistí a operaciones de cuerdas vocales. Cuando ves eso, miras todo lo demás con otra perspectiva.
Y me busqué la vida en Estados Unidos para certificarme en el método de técnica vocal más detallado que existía. Y cuando lo conseguí, aquí intentaron quitarme el título.
Pero no hay mal que por bien no venga: conseguí recuperar la voz, y por primera vez sentía que controlaba lo que hacía. Parte por parte. Hasta que entonces tuve un despertar y me di cuenta de que la técnica se me había comido. En resumidas cuentas, que cantaba tecniquísimo pero como el culo.
Todo acabó una noche en la que antes de subirme al escenario no sentía nada. Ni miedo, ni ganas, ni nada. Estuve todo el bolo ausente. Y así fue bolo tras bolo hasta que a final de temporada lo dejé.
Estaba perdido. Pero entonces, de casualidad y por un problema de espalda, buscando algo que no fuera operarme, di con un método con nombre impronunciable, Feldenkrais. Me fui a estudiarlo cuatro años a Seattle.
Vivía en una caseta en el jardín de un camionero y caminaba cuarenta y cinco minutos por el arcén hasta el curso cada mañana. Te lo cuento para que veas hasta dónde fui para entender.
Lo que entendí es que había sido un mal profesor. Corregía. Pedía control. Inculcaba el manejar la voz como si fuera una máquina. Me costó mucho salir de ahí. Con mi propia voz y como cantante.
Ahora no corrijo. Y de todo esto saco tres cosas. Te las digo aunque vayan en contra de lo que te han dicho siempre, porque a mí me habrían ahorrado diez años.
La primera. Tu parte consciente solo tiene un trabajo cuando cantas: la intención. Lo que quieres decir y a quién quieres emocionar. Nada más. Si estás intentando controlar tu voz a mano, la técnica no está al servicio de tu voz. Tu voz está al servicio de la técnica. Tienes una parte del sistema que integra todo eso de una forma muchísimo más sencilla que repetir ejercicios como un papagayo y rezar para que algún día funcione. Y no, eso no es memoria muscular. Es tu cerebro.
La segunda. En vez de cuidar cómo nos relacionamos con nuestra voz, cómo prestamos atención y cómo probamos, que es lo que lleva a descubrir soluciones nuevas que además se integran solas, nos pasamos la vida imponiéndonos normas rígidas de salud vocal y de técnica sin ni siquiera comprobarlas en nuestro propio cuerpo. Cuando empiezas a cuestionar todo eso y a cuidar más el cómo que el qué, se acaba lo de tener días buenos y días malos sin saber por qué, y tu voz se pone a sorprenderte con cosas que no te habrías imaginado. Y desde ese momento las tienes disponibles para siempre.
Y la tercera, la que más cuesta. Corregir no funciona porque corriges desde tu propia comprensión. Y si tuvieras la respuesta, no tendrías el problema. No te lo estarías planteando siquiera. Para mejorar de verdad hace falta lo contrario: crear un error en tu orden habitual, para que tu sistema se vea obligado a encontrar uno nuevo mejor que el que tenía. Y eso no se consigue vocalizando veinte minutos al día. Se consigue experimentando sin corregir, siguiendo el rastro de lo fácil y escuchando a tu capacidad innata de aprender. A tu intuición.
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Y ahora vuelve conmigo al principio, porque con esto se entiende todo lo que te he contado.
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Las rampas en la lengua no eran de cantar mucho. Eran de cantar con la voz al servicio de la técnica. Apretaba, aguantaba y repetía. La técnica no me servía a mí. La servía yo a ella.
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Los trece años de miedo no se arreglaron estudiando más porque estudiaba desde la misma comprensión que había creado el problema. Si hubiera tenido la respuesta, no habría tenido miedo. Controlaba a mano lo que tenía que hacer mi cerebro, y mi cerebro, ocupado en obedecer, no podía cantar.
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La cámara no me dio la respuesta porque la respuesta no estaba en ninguna pieza. Me la dio un error. Un día se me cayó el paladar sin querer, con la cámara dentro, y vi la faringe haciendo lo que nadie me había contado que hacía: ajustar el espacio para cada nota y decidir cuánto trabajan las cuerdas. Un error en mi orden habitual, y mi sistema descubriendo uno nuevo. Sin saberlo, hice lo único que funciona.
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Las cuerdas que vi operar son algo minúsculo, como la uña de tu dedo gordo. Y llevamos siglos pidiéndoles que se estiren y aguanten como si fueran un bíceps. No se estiran. Se sueltan. Cuando lo de alrededor hace su trabajo, vibran solas y suena más con menos.
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Las hernias no me las corrigió nadie. Nunca me operé. Mi sistema encontró una forma mejor de usar la columna y desde entonces la tengo disponible siempre. Si tu cerebro es capaz de reorganizar un cuerpo entero alrededor de una columna, cómo no va a reorganizar tu voz.
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Y el profesor que corregía, corregía desde su comprensión. La comprensión era el problema. Cuando por fin solté apareció lo que es fundamental para dar clase: la empatía.
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Queda la noche en que no sentí nada. Ahora la entiendo. No había intención. No tenía nada que decir. Solo tenía técnica, y la técnica no siente. Cuando lo dejé, se me rompieron todas las varas a las que me agarraba, la de los profes, la de los métodos, la del máster. Y con las manos vacías vi la puerta, que había estado ahí todo el tiempo: mi voz era mía. Mi proceso, también. Con lo bueno y con la responsabilidad de lo malo. Hoy canto en casa. Para mí. Y siento.
Tu voz también es tuya. Nadie puede sentirla por ti, y por eso nadie puede enseñarte a cantar. Lo que sí se puede es montarte un proceso en el que la descubras tú, y en el que cada día me necesites un poco menos. Eso es lo que hago. Soy un friki de la voz que enseña haciendo cosas raras. Cosas que funcionan mucho mejor que las «normales», esas que tienes que repetir veinte minutos cada día para que no se te olviden.
Por eso este apartado no me gusta. Por mucho que te cuente de mí, la clase no debe ir de mí, debe ir todo el tiempo de ti.
Si te pica la curiosidad, cada día mando un email con un consejo o una historia sobre la voz. El primero que te llega cuenta más de todo esto.
Si no te interesa, te das de baja y adiós. Y si pasas, pues te digo adiós ahora.
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